La habitación estaba tranquila, iluminada por la luz suave que entraba por la ventana. Greta, de pie frente al espejo, estiraba el vestido blanco con evidente fastidio.
—Esto es ridículo —gruñó—. ¿Por qué tengo que usar un vestido cuando es una boda falsa?
—Vamos, Greta… no seas complicada —susurró Bark—. Decidiste actuar, ¿no? Pues actúa.
—Pero mírame, Bark. ¡Parezco una princesa! ¿Cómo se supone que pelee con esto?
—Hoy no necesitas pelear Greta es tu boda.
Greta iba a replicar cuando un aroma desagradable, conocido, entró por la habitación.
La puerta se abrió.
Eduard, vestido con traje oscuro, sonrió con la arrogancia que siempre la irritaba.
—¿Qué haces acá, imbécil? Vete —soltó ella, volviendo al espejo.
—Greta, Greta, Greta… —dijo él acercándose—. ¿De verdad pensaste que me quedaría de brazos cruzados mientras te casas con ese arrogante?
—No tienes nada que hacer acá. Lárgate. — dijo mirándose al espejo nuevamente.
Eduard no respondió.
En cambio, hubo un pinchazo en el cuello de