La cabaña estaba silenciosa, iluminada solo por el fuego que crepitaba en la chimenea.
Greta, sentada en el borde de la cama, mantenía los brazos cruzados, fingiendo dureza.
Bark respiraba dentro de ella, incómodo, inquieto, hasta que finalmente habló.
—Greta… ya deberías rendirte. El vínculo es más fuerte de lo que quieres negar.
Ella apretó los puños.
—Por la diosa, Bark. Él no es mi compañero.
—Lo es. Y te está protegiendo, como tú lo harías por mí. Por algo la luna lo escogió.
—No necesito que me protejan —gruñó ella—. Yo te protejo a ti, Bark. No necesito ayuda.
—Él te protegerá, porque somos uno, Greta. Ya no puedes escapar de eso.
Greta abrió la boca para responder, pero un golpe fuerte en la puerta la hizo levantarse de un salto.
Theo irrumpió sin permiso, respirando agitado, los ojos dorados como fuego líquido.
—¡Nos están atacando de nuevo! —anunció, sin rodeos—. Necesito que Bark salga.
Greta frunció el ceño.
—¿Que haga qué?
Theo avanzó un paso. Su presencia llenó la habita