La cabaña estaba silenciosa, iluminada solo por el fuego que crepitaba en la chimenea.
Greta, sentada en el borde de la cama, mantenía los brazos cruzados, fingiendo dureza.
Bark respiraba dentro de ella, incómodo, inquieto, hasta que finalmente habló.
—Greta… ya deberías rendirte. El vínculo es más fuerte de lo que quieres negar.
Ella apretó los puños.
—Por la diosa, Bark. Él no es mi compañero.
—Lo es. Y te está protegiendo, como tú lo harías por mí. Por algo la luna lo escogió.
—No necesito