Greta llegó a la habitación del hospital con el corazón aún acelerado y Bark inquieto bajo su piel. Theo la seguía de cerca, tensión pura en cada paso.
Elara estaba sentada en la camilla, rodeada por una suave luz tenue. Su bebé dormía plácidamente, ajeno al peso de tres destinos cruzándose.
Cuando los vio entrar, levantó la mirada. Sus ojos violetas brillaron… demasiado intensos, como si de verdad les atravesara el alma.
Theo habló primero, con voz grave.
—Necesitamos hablar.
Elara asintió sin miedo.
—Lo sé. Los estaba esperando.
Greta cerró la puerta. Theo se cruzó de brazos, caminó unos pasos y se detuvo justo frente a ella.
—Mi Luna me dijo que sabes algo… que viste algo que nadie debería ver —dijo Theo.
Elara bajó la vista a su hijo, como si necesitara fuerza.
—No quería asustarla. Pero no puedo ignorarlo.
Greta tragó saliva.
—¿Qué viste? —preguntó Theo—. Puedes decirme.
Elara respiró hondo.
—No vi algo… lo sentí. Las brujas del bosque no vemos como los lobos. Ni como los humanos