Gael.
Amaia me observa con el ceño fruncido, los brazos cruzados y la mirada tensa, como si dudara entre la frustración y la sospecha luego de mi solicitud.
— ¿Encontraste al merodeador? —indaga ignorando lo que dije, pero con un dejo de ansiedad que no puede disimular.
—Mis hombres continúan buscándolo —respondo, arrastrando con lentitud mi mirada por su rostro—. Pero, lo más probable es que ya se haya esfumado.
Su expresión se ensombrece, baja la mirada y murmura:
—Nadie debía saber sobre ese