Gael.
La noche envuelve la ciudad con su aliento gélido mientras camino con paso firme, siguiendo el rastro de sangre que brilla en la acera como un hilo visible que me conduce a un cruel destino. A mi lado, el silencio es denso, casi opresivo. No se escuchaban autos ni voces, sólo el eco amortiguado de mis pasos. Sin voltear, indico con un gesto de la mano a uno de mis hombres que rodee el edificio, mientras que yo desvío hacia el otro lado, fundiéndome con las sombras que se proyectan en la a