Amaia.
Lo sigo hasta la habitación. Cada paso que doy pesa y antes de cruzar su puerta me observa de reojo como si esperara de forma atenta a mi siguiente movimiento. Avanzo y un golpe olfativo de colonia masculina amaderada es lo que obliga al resto de mi cuerpo a entender que está en sus dominios.
La decoración es elegante y austera. No hay rastros de la ostentación que predomina en el resto de la mansión. Sólo muebles de líneas limpias y colores neutros. No obstante, mi estómago se revuelve