Madison
Preston no me dió tiempo a procesar el cambio de atmósfera, pero tampoco fué brusco. Su agarre en mi brazo fué firme, una declaración de propiedad que me arrastró hacia el centro del salón, donde los sofás de cuero oscuro formaban una isla de sombras bajo la luz tenue.
—Si vas a comportarte como una mocosa, Madison, tendré que corregirte —murmuró, su voz ronca vibrando en mi columna.
Se sentó en el sofá individual, separando las piernas con esa autoridad innata que lo hacía tan irresistible. Antes de que pudiera protestar, me jaló con una fuerza ineludible que me hizo caer sobre sus piernas.
El mundo se invirtió. De repente, estaba boca abajo sobre su regazo, con el vientre presionado contra sus muslos duros. El olor a cuero del sofá se mezcló con su aroma personal, llenando mis sentidos, mareándome. Intenté incorporarme.
—¿Preston, qué...?
—Quieta —ordenó, y mi cuerpo reaccionó con una obediencia inesperada.
Sentí su mano grande agarrar el dobladillo de mi vestido y su