Danielle
Un silencio sepulcral envolvía la mansión mientras avanzaba descalza intentando que el suelo de madera no delatara mi presencia. A Damien no le agradaba que deambulara tarde. Era estricto con los horarios, severo con mi disciplina y, aunque yo ya tenía veinte años, bajo su techo y su cuidado seguía sintiéndome como una niña que debía obedecer.
Al pasar cerca de la puerta de su oficina, me detuve. Un ruido me clavó al suelo.
Me acerqué, conteniendo la respiración, pegando la espalda a la pared. Al principio pensé que estaba hablando por teléfono, quizás una de esas llamadas que lo mantenían despierto hasta la madrugada.
Pero luego, lo escuché con claridad. Fué un gemido. Un sonido ronco, masculino, arrastrado desde el fondo de su garganta.
—Joder… —gruñó él. La voz que estaba acostumbrada a escuchar en un tono severo, se sentía necesitada, rota.
Mi corazón dió un vuelco violento contra mis costillas. Damien. El hombre de hielo, mi tutor implacable, el ser más controlado que ha