El ambiente que antes estaba lleno de romanticismo se tornó tenso. Grecia se veía visiblemente nerviosa, a pesar de sus esfuerzos por disimularlo. Había abierto una brecha que ya no podía evadir; había llegado el momento de decir la verdad. Luis Fernando la observaba con seriedad, esperando una explicación, mientras ella se frotaba las manos, incapaz de ocultar su inquietud. Tenía miedo de su reacción.
—Y bien, Grecia —dijo él, rompiendo el silencio—, ¿por qué has dicho “nuestros hijos” si tan