Grecia y Guillermo iban en el auto rumbo al restaurante. Ambos se encontraban en la parte de atrás mientras el chofer conducía.
Guillermo se sentía muy cabizbajo, con ojeras marcadas y un malestar en el estómago, sin imaginar que era consecuencia del veneno.
Un silencio incómodo reinaba entre ellos, pero Grecia, al notar la palidez de Guillermo, se preocupó.
—¿Te sientes mal, Guillermo? Te noto un poco pálido.
—La verdad es que no sé qué me pasa. Me costó mucho levantarme de la cama, pero debe