Guillermo, aún incrédulo de lo que había pasado entre ellos, la observaba mientras acariciaba su piel con ternura. Le parecía un sueño estar allí con ella.
—Eres tan bella, tan suave, tan frágil —le decía.
Grecia, sintiendo un poco de vergüenza al estar desnuda junto a él, respondió con el rostro ruborizado:
—No me mires así, que me muero de la pena.
—¿Por qué, bonita? Si eres una mujer hermosa. Me has hecho el hombre más feliz del mundo. No sabes cuánto te deseaba, cuánto anhelaba hacerte mía.