Aimé sentía el ardor en su mejilla, un dolor que no solo era físico, sino también el de una traición profunda, una que desgarraba su alma. Miró a Martín con los ojos empañados, sin entender cómo aquel hombre al que había amado con todo su ser se había transformado en alguien tan despiadado, casi irreconocible.
—¡Di la verdad! —le exigió con voz rota, temblando de pies a cabeza—. ¡Martín, te lo ruego!
Martín solo mostró desprecio en sus ojos, sin un ápice de compasión. Lola permanecía a su lado,