Rafael condujo como un poseído hasta el hospital, sin apartar la vista de Aimé, pálida y apenas consciente en el asiento junto a él. El trayecto pareció eterno, y la ansiedad le apretaba el pecho hasta casi ahogarlo. Finalmente, al llegar, salió del auto y, sin perder un segundo, la levantó en brazos, ignorando el dolor de sus músculos y la sangre que manchaba su ropa.
Los enfermeros, al ver su desesperación, corrieron hacia él con una camilla. Sin dejar de abrazarla, Rafael depositó a Aimé suav