Aimé sintió el ardor en su mejilla. El dolor físico era casi nada comparado con el golpe emocional que la invadía. Desde el suelo, levantó la mirada para ver a Martín, el hombre al que amaba, convertido en alguien irreconocible, en un monstruo al que jamás habría creído capaz de tanto odio.
—¡Yo no te he sido infiel! Te lo juro, Martín. No sé de dónde sacaste eso, pero es una mentira —rogó, con la voz quebrada, mientras las lágrimas le recorrían el rostro.
Martín, con los ojos encendidos de furi