Lola sonrió con malicia antes de alejarse de la habitación. La puerta se cerró con un suave clic, pero para Aimé, ese sonido resonó como el golpe de una campana, anunciando su condena. Su corazón latía desbocado, las emociones se acumulaban en su pecho, casi aplastándola. El dolor era insoportable, pero el odio, el odio hacia todo lo que había ocurrido, comenzaba a tomar el control.
En su mente, un plan empezaba a formarse, oscuro y desesperado. Necesitaba ver a su padre. «¡Él no puede estar mue