—¡Suéltenme! —gritó Selene, con la voz rota, mientras intentaba liberarse de las manos firmes de sus padres. Luchaba, su desesperación llenando el aire, como un grito ahogado que nadie parecía escuchar.
Al salir a la luz del patio, vio a los guardias de la mansión Andrade alzar sus armas y apuntar a sus padres con miradas desafiantes y protegidas por la firmeza del deber.
—¡Suelten a la señora Andrade o acabaremos con ustedes! —ordenó uno de ellos.
El rostro de su padre palideció, y, por un inst