—¡Dime que tienes todo listo para destruirlos, Martín! —exclamó Gustavo, con la mirada encendida de ambición y rencor.
Martín esbozó una sonrisa triunfal, sus ojos reluciendo con una satisfacción perversa.
—Te juro que Ónix Andrade y los Larson se arrepentirán —respondió, disfrutando de cada palabra como si fueran una sentencia—. He creado una trampa tan perfecta que, cuando caigan, ni siquiera sabrán cómo ocurrió. Se hundirán sin remedio.
Gustavo asintió, y una sonrisa de satisfacción se dibujó