Selene intentó alejarse de él, cada paso tembloroso, pero pronto sintió la mano de Ónix rodeando su brazo. Sobresaltada, miró su mano sobre la suya, lista para enfrentarse a su agarre, pero él solo la dirigió suavemente hacia la cama.
Su toque no era brusco; era inesperadamente cálido, casi cuidadoso, lo cual hizo que su corazón, ya agitado, latiera con una fuerza y velocidad que la dejaban sin aliento, como si en cualquier momento fuera a desvanecerse. Sentía un temor creciente, pero también un