En el hospital, Romina llegó con el rostro desencajado, respirando agitadamente como si estuviera genuinamente asustada. Margot, al verla así, sintió una ola de compasión por la mujer.
—¡Ella es mi hermanastra, pero yo la quiero tanto como a una hermana de sangre! —sollozó Romina, su voz entrecortada por las lágrimas.
Margot sintió un nudo en el pecho. La situación la había dejado emocionalmente exhausta, y ver a Romina tan afectada solo intensificaba su tristeza. A medida que las horas pasaban,