Diana estaba inconsolable, ni siquiera se atrevió a salir de ahí, lloraba sin control, le dolía ver como había arruinado su vida, y Joaquín ya no parecía dispuesto a perdonarla.
Joaquín, por su parte, estaba en el jardín.
—Sabes lo que haremos, ¿Verdad?
La mujer asintió.
—Fingir, señor, sé que debo actuar como si fuera su novia sustituta.
—¿Firmaste el contrato?
La mujer volvió a decir que sí.
—Sì, señor, sé que si paso los límites puede demandarme, pero ¿puedo preguntar algo?
Joaquín miró a la