Martín salió de la cabaña con pasos tambaleantes, sus ojos inundados de lágrimas y el corazón roto por una rabia que amenazaba con consumirlo. Todo dentro de él era un torbellino de emociones descontroladas: dolor, traición, furia. Afuera, el frío de la noche lo envolvió, pero ni siquiera eso logró calmar la tempestad que llevaba dentro.
De pronto, escuchó un llanto. Era un llanto agudo y desesperado, el de un bebé. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, y avanzó hacia la cabaña contigua. La es