Joaquín soltó a la mujer, esbozó una cínica sonrisa.
—Es mejor que me temas, Diana, ya sabes que soy capaz de lo peor.
—¡Asesino! —exclamó ella.
Joaquín la mirò fijamente, pero sabía un dolor en su mirada, sonrió con amargura.
—A partir de hoy, harás todo lo que yo diga, se acabó el hombre que más te amo, nunca volveré a ser débil ante ti.
Más tarde, volvieron a tierra firme, y fueron al hotel donde se hospedaban.
—Papito, ¿ya no te volverás a ir? ¿Verdad? —exclamó Opal.
Joaquín cargó a su hija