44. Una alianza peligrosa
Emma
La luz entra a raudales por los ventanales del cuarto, filtrada por las cortinas blancas de lino que se mueven suavemente con la brisa matutina. Todo parece salido de una postal: las sábanas arrugadas, el perfume floral impregnado en el aire, y el cuerpo de Gabriel, desnudo bajo las cobijas, con el ceño apenas fruncido mientras duerme.
Me estiro perezosamente, haciendo que las sábanas caigan hasta la altura de mis caderas. Llevo puesto un camisón satinado color champán que me queda suelto y