Ian se acerca a la chica, ella se ve realmente nerviosa y Ian repite la orden.
—¡Vamos, todos afuera! —Ian se agacha para ayudarla a recoger los planos y ve cómo las lágrimas se le salen solas a la pobre.
—Ven, querida —le dice María Gracia, le sirve un vaso de agua y la obliga a sentarse—. Cálmate, nadie te correrá y mi hermano no le dirá nada a su cuñado.
—Claro que no… si estás escapando de él, algo muy malo debió hacerte —responde él, dejando los papeles en la mesa.
—Es que no fue él quien