Al día siguiente, los primeros rayos del sol se filtraron suavemente por las ventanas. Leonel fue el primero en despertar. Se quedó en silencio, observándola en la penumbra de la habitación.
Su belleza era pura; su cabello, tan dorado como el oro cuando la luz lo tocaba. Para Leonel, Jenny se había convertido en un rayo de luz en medio de su oscuridad. Estiró la mano y, con delicadeza, acarició sus mechones dorados.
Jamás permitiré que te manches las manos, rayito... Para eso estaré yo siempr