El silencio de la habitación quedó impregnado del peso de la respiración agitada de ambos, tras alcanzar juntos la cima del deseo. Leonel recuperaba el aliento despacio, sintiendo la tensión ceder gradualmente en sus músculos. Con cuidado, evitando apoyar el hombro derecho golpeado por la herida de bala, usó el brazo izquierdo para atraer el cuerpo tibio de Jenny hacia su pecho, aprisionándola con esa fuerza implacable que le caracterizaba.
—¿Por qué no huiste? —preguntó él, con una voz grave,