Cuando Leonel abrió la puerta de la recámara principal, su santuario estaba sumido en una oscuridad absoluta, solo rota por los haces de luz lunar que se filtraban por el ventanal. Al cruzar el umbral, el aire lo golpeó: ese aroma a jazmín y vainilla, su fragancia, impregnaba el ambiente.
¿Jenny estuvo aquí?, se preguntó, recorriendo el espacio con una mirada escrutadora. No había nadie. Quizás vino de día a buscar algo para confirmar sus sospechas.
Se dirigió al vestidor, donde el perfume er