Obsesión y venganza

Leonel Dragomir observaba el atardecer desde su despacho, el humo de su cigarrillo enroscándose en el aire como una serpiente negra. Sin embargo, su mirada no estaba en el horizonte; estaba atrapada en el recuerdo de un par de ojos azules, cristalinos como el cielo antes de la tormenta.

He visto esa inocencia en ti, niña, pensó, y la sola idea le provocó un hambre nueva.

Su mente, habituada a los cálculos de la mafia, ahora solo trazaba mapas hacia ella. Recordaba su cabello rubio, una cascada de oro que parecía hecha para ser enredada en sus dedos, y esa piel nívea, tan pura que casi dolía mirarla. Era lo opuesto a todo lo que él conocía. Era el antídoto contra el veneno que le habían inyectado en las venas durante años.

Leonel soltó un suspiro cargado de amargura. En cada mujer que conocía, Leonel solo encontraba el reflejo de su madre: la misma ambición fría, la misma avaricia que lo obligó a convertirse en un sobreviviente a los ocho años. Pero ella era distinta. Era un lienzo en blanco.

Serás mía, juró para sí mismo. Cargarás a mi heredero y, a través de ti, purificaré este linaje maldito. Te encontraré, cueste lo que cueste.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por un golpe seco en la puerta. Era Jack, su sombra.

—Jefe, he rastreado la zona del restaurante, pero no he podido dar con la chica. Es como si se hubiera desvanecido —informó Jack con cautela, bajando la cabeza, consciente de que estaba reportando un fracaso a un hombre que no toleraba errores.

Leonel se giró lentamente. Sus ojos verde avellana, usualmente fríos, destellaron con una intensidad volcánica. Se acercó a un mapa de la ciudad extendido sobre su escritorio y marcó con un alfiler la zona del restaurante. La impaciencia le quemaba, pero la disciplina era su mejor arma.

—¡Maldición! —rugió, golpeando el borde de su escritorio con tal fuerza que los cristales vibraron—. No me importa si tengo que remover cielo y tierra. Esa mujer va a ser mía.

Jack dio un paso adelante, bajando el tono de voz. Sabía que con Leonel no se andaba con rodeos.

—¿Es solo un capricho, Leonel? ¿O hay algo más?

Leonel se puso de pie y se dirigió a la ventana, permitiendo que la luz del ocaso iluminara su figura. A sus veinticinco años, Leonel poseía una presencia imponente y magnética. Su cuerpo atlético y potente reflejaba años de entrenamiento implacable; sus hombros anchos y su torso musculoso estaban parcialmente cubiertos por complejos tatuajes oscuros que serpenteaban por su piel, contando historias de cicatrices, poder y supervivencia. Su cabello castaño oscuro caía ligeramente desordenado sobre su frente, y sus penetrantes ojos verde avellana brillaban con una intensidad fría, capaces de intimidar a cualquiera con solo una mirada.

—No es solo belleza, Jack —respondió Leonel, con la voz cargada de un secreto oscuro—. Es la ausencia de pecado en su mirada. Necesito una mujer y un heredero antes de desatar el infierno sobre los Volkov. Ella no sabe que al sonreírme, firmó su sentencia... o tal vez, mi salvación. No quiero una ambiciosa que destruya todo lo que he construido.

Jack asintió, comprendiendo el peso de sus palabras. Él conocía bien la historia: Leonel se había forjado en la mafia desde los catorce años, tras huir de la mansión de Lucien Volkov. Sin duda, ella debía ser suya. Tú serás la que cargará a mi heredero antes de acabar con los malditos Volkov, pensó el jefe.

—Sigue buscándola —ordenó Leonel, sirviéndose un vaso de tequila—. Y recuerda, nadie debe saber qué estoy haciendo.

—Sí, jefe —respondió Jack, saliendo con un suave clic tras la puerta.

Gracias a Saúl y Moisés, sus únicos aliados leales, conocía el paradero de su hermano y su padre biológico, pero prefería mantenerse en las sombras. Necesitaba terminar de construir su imperio y superar el legado de Lucien antes de dar el golpe final.

Maldito Lucien, pensó, apretando el vaso hasta que sus nudillos se tornaron blancos. Destruiré todo tu linaje. Pero primero, tomaré todo lo que me arrebataste. No te daré el gusto jamás.

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