Mundo ficciónIniciar sesión
POV Jenny
El tintineo de las copas de cristal y el murmullo elegante de las conversaciones llenaban el salón privado de L’Étoile, el restaurante más exclusivo de la ciudad. Era el lugar predilecto de mi padre para celebrar los momentos que marcaban la historia de la familia. Hoy no era la excepción: mi hermano mayor, Giovani, finalmente asumía el mando como el nuevo heredero y CEO de la firma tecnológica de la familia. A mis diecinueve años, siempre había visto a mi padre, Dominic Viasov, como un pilar inquebrantable de rectitud y trabajo duro. La atmósfera en nuestra mesa era pura calidez, una fortaleza de complicidad rodeada por mis tres hermanos, sus esposas y la risa constante de mis sobrinos. Pero esa burbuja de seguridad perfecta estaba a punto de romperse en mil pedazos. Un movimiento rápido a mi izquierda me sacó de la conversación. Uno de mis sobrinos pequeños se había escabullido de la mesa, atraído por las luces de una zona contigua. Sonreí con ternura y me puse de pie en silencio para ir tras él antes de que causara un desastre. —Ven aquí, viajero —murmuré alcanzándolo justo a tiempo, pero el niño, con la energía desbordante de sus cuatro años, lanzó el carrito de juguete que llevaba en la mano. El pequeño vehículo de metal rodó sobre la alfombra oscura y se detuvo justo a los pies de un hombre sentado en una mesa cercana, un rincón envuelto en penumbras lejos de la luz principal del salón. Me apresuré a recogerlo, dispuesta a ofrecer una disculpa rápida y regresar a la celebración familiar. Sin embargo, en cuanto me agaché y alcé la vista, el aire se congeló en mis pulmones. Mis piernas fallaron por un segundo y el mundo a mi alrededor pareció perder todo sonido. Allí sentado, observándome en silencio, estaba el rostro de Santiago Dragomir. Pero no era Santiago. Físicamente era idéntico al amigo de mi infancia, con las mismas facciones simétricas y la misma estructura imponente. Sin embargo, la mirada de Santiago siempre había transmitido luz, seguridad y una calidez que reconfortaba a cualquiera. El hombre frente a mí era una antítesis absoluta. Su aura era un abismo denso, una frialdad capaz de cortar la respiración. No me miraba como se mira a un desconocido; me observaba como un depredador que analiza a su presa antes de dar el zarpazo, estudiando cada microexpresión de mi rostro con una precisión quirúrgica. Los rumores familiares sobre el "gemelo perdido", la sombra oscura de la que solo se hablaba en susurros apagados, vinieron a mi mente de golpe. Decían que era un monstruo. Al sentir cómo sus ojos verde avellana se clavaban en mí, comprendí que los rumores se quedaban cortos. Con una fluidez peligrosa y calculada, el hombre se inclinó para recoger el carrito de juguete. Se puso de pie sin apartar su atención de mí un solo segundo. Su envergadura era intimidante, vistiendo un traje oscuro impecable que acentuaba su presencia dominante. Apreté los puños a los costados para evitar que mis manos temblaran visiblemente. Miré de reojo hacia la mesa de mi familia, a varios metros de distancia, donde todos seguían riendo ajenos a la amenaza que tenía enfrente. Qué alivio que mi padre no hubiera visto esta escena; la sola presencia de ese apellido en el mismo recinto habría desatado una tormenta. Le forcé una sonrisa, apretando los labios para proyectar una compostura que por dentro se desmoronaba. —Gracias, joven —murmuré, extendiendo la mano para recuperar el juguete. Él no parpadeó. Sostuvo el carrito un segundo de más antes de entregármelo, asegurándose de que la piel de sus dedos rozara la mía. Un escalofrío helado me recorrió la columna vertebral de inmediato. La frialdad de su piel contrastaba con la intensidad destructiva de sus ojos. —¿Cuál es tu nombre, señorita? —preguntó. Su voz no fue un tono casual. Fue un susurro grave, rasposo y seductor, como el roce de un cuchillo sobre seda fina. Retumbó en mi pecho con una frecuencia que hizo latir mi corazón a un ritmo frenético. La presión de su aura me aprisionaba de tal forma que responder se sintió como una necesidad biológica antes que una elección. —Soy Jenny... —contesté, intentando mantener la voz firme, aunque mi respiración se volvía cada vez más agitada—. Aunque todos en mi familia me llaman la Niña de Oro. Un silencio pesado cayó entre los dos. Por un instante fugaz, la frialdad implacable en sus pupilas dio paso a una chispa distinta, algo oscuro, denso y profundamente posesivo que me cortó el aire por completo. No era curiosidad; era el brillo de alguien que acaba de reclamar la propiedad de algo valioso. —Qué hermoso nombre —dijo despacio, paladeando cada sílaba. Sus ojos se oscurecieron aún más, grabando cada detalle de mi rostro en su memoria con una fascinación perturbadora—. Niña de Oro... Mi corazón golpeaba con fuerza contra mis costillas, envuelto en un miedo primario que me ordenaba huir de allí inmediatamente. Su sonrisa no llegó jamás a sus ojos; fue solo un gesto cortante, un aviso implícito del peligro que representaba. —Gracias... Con permiso, provecho —alcancé a articular, tomando al niño entre mis brazos. Me di la vuelta y caminé a pasos apresurados, manteniendo la espalda recta a duras penas mientras sentía su mirada fija sobre mi nuca como una marca de fuego. Al llegar de vuelta a la mesa familiar, abracé a mi sobrino con fuerza y me senté junto a mi madre, tratando de ocultar el sofoco que me quemaba el rostro. —¿Pasa algo, Jenny? Te ves pálida —preguntó mi madre suavemente, pasándome una servilleta. —No, mamá... Solo me dio un poco de calor —mentí, mirando fijamente la mesa. Miré disimuladamente a mi padre. Dominic Viasov conversaba animadamente con Giovani, orgulloso del legado legal y limpio que le estaba entregando. Afortunadamente, nadie había notado nada. Mi padre siempre había protegido a la familia con rectitud, construyendo un imperio transparente, lejos de las sombras oscuras que acechaban en la historia de nuestra estirpe. Sabía perfectamente quién era ese hombre. Era Leonel. El hijo criado bajo el ala de los enemigos de mi familia, una dinastía construida sobre el poder, el peligro y la falta total de límites. Un hombre moldeado por la venganza, distante de la calidez que yo conocía en su hermano Santiago. Apreté la copa de agua entre mis manos, intentando calmar el pulso acelerado. Ver a ese gemelo, con la misma cara pero con un alma indomable y oscura, me había dejado una advertencia grabada en la piel. Tenía que mantenerme alejada. Tenía que fingir que este cruce de miradas jamás había ocurrido, porque en los ojos de Leonel no solo había visto peligro; había visto el comienzo de un fuego capaz de consumirlo todo.






