Mundo ficciónIniciar sesiónEl centro comercial se sentía como un escenario de caza. Leonel Dragomir se movía entre la multitud como un espectro; no era un hombre paseando, era una sombra letal integrada en el cuero y el acero de su gabardina. Estaba allí para diseccionar a los Volkov, para medir el ritmo cardíaco de sus enemigos.
Pero entonces, el aire se detuvo. Jenny Viasov caminaba cerca de la salida, ajena a la oscuridad que la acechaba. A pocos metros, Kevin Volkov la observaba desde una cafetería, con la mirada lúbrica de quien ya ha reclamado un trozo de carne. Leonel apretó la mandíbula; el aire a su alrededor se enfrió instantáneamente. Cuando el grupo alcanzó el estacionamiento y vio a Kevin lanzarse sobre ella, la paciencia de Leonel se hizo añicos. No hubo advertencia. Leonel se ajustó la máscara y el lugar se convirtió en una zona de guerra. El estruendo de los disparos ahogó los gritos de los transeúntes. Leonel se movió con una precisión quirúrgica, un depredador en su elemento. En tres zancadas alcanzó a Kevin y, con un movimiento brutal, le estampó el rostro contra el asfalto. El Volkov cayó como un despojo mientras sus hombres, cegados por el pánico, disparaban al aire. Leonel ignoró el caos. Su único objetivo tenía nombre: Jenny. La arrancó de las manos de los atacantes y la levantó en brazos, sintiendo cómo ella se estremecía contra la dureza de su cuerpo. La arrastró hacia el refugio de una puerta de emergencia, cerrándola con un golpe seco que aisló el eco de la balacera. La puso de pie, obligándola a sostenerse, aunque sus piernas apenas respondían. Jenny, con los ojos anegados en un terror puro, se encogió contra la pared, temblando. —Por favor... no me hagas daño —sollozó, su voz rompiéndose—. ¡Tú eres uno de los Volkov! ¡Por favor, te lo suplico! Leonel se quitó la máscara. Sus ojos, verde avellana y desprovistos de cualquier rastro de duda, se clavaron en los de ella con una intensidad que la obligó a callar. Se acercó un paso, invadiendo su espacio, proyectando una seguridad tan pesada que la hizo olvidar el miedo por un segundo. —Mírame bien —su voz no era un ruego, era una orden, profunda y calma—. No estoy aquí por ellos. Estoy aquí por ti. Mientras estés bajo mi guardia, nadie en este mundo volverá a tocarte. Ni los Volkov, ni nadie. No hubo explicaciones. Solo una verdad absoluta. Jenny, paralizada, asintió, atrapada en la órbita de ese hombre que parecía ser su verdugo y su salvador al mismo tiempo. El tiroteo afuera se intensificó. Leonel la pegó a su pecho, usando su cuerpo como un escudo humano mientras la dirigía hacia la salida. —Tranquila —murmuró, su mano apoyada con firmeza en la nuca de ella, protegiéndola—. Respira. Estoy aquí. No te soltaré, pero debes obedecerme. Si te digo que corras, corres. Si te digo que te escondas, lo haces. ¿Lo tienes claro? Jenny asintió, sus lágrimas secándose contra el cuero de su gabán. Cuando llegaron a la camioneta blindada, el vehículo arrancó con un rugido que sacudió la noche. Leonel conducía con una mano mientras la otra descansaba cerca del arma en su regazo, su mirada fija en el horizonte, analizando cada ángulo de la ciudad. —¿A dónde te llevo? —preguntó, con la frialdad metálica de siempre. Jenny, con manos temblorosas, desbloqueó su celular y le mostró la pantalla: la dirección de su primo Moisés. Leonel apenas le lanzó un vistazo y asintió, girando el volante con una firmeza absoluta. Jenny se quedó sin aliento. Tenía que volver con su padre, pero sabía que revelar a su salvador sería sentenciarlo. Estaba atrapada entre el fuego cruzado de una guerra que apenas empezaba a comprender, y el hombre a su lado —el "monstruo" que la había rescatado— era, a partir de ese momento, su único y peligroso secreto.






