El resto de la semana pasó con una normalidad engañosa. Alex parecía más entregado que nunca: me acompañaba a la oficina, insistía en cocinar aunque sus intentos terminaran casi siempre en desastre, y me llenaba de detalles que parecían sacados de una lista secreta de "cómo ser el esposo perfecto".
Yo debería haber estado tranquila. Feliz, incluso. Y lo estaba… en gran parte. Pero también había algo más: esa intensidad nueva, esa manera de no querer soltarme nunca, me producía una mezcla extrañ