El martes amanecí con la cama fría a mi lado. Extendí la mano buscando su calor, pero solo encontré las sábanas revueltas. Me incorporé de golpe, convencida de que estaría en el baño o en la cocina, pero la casa estaba en silencio. Demasiado silencio.
En la mesa del comedor, ni una nota. En la cafetera, ni una taza servida. Nada. Se había ido sin despedirse.
Un nudo se me formó en la garganta. No porque fuera la primera vez —Alex solía marcharse temprano por trabajo—, sino porque después de lo