La respiración de Vecka era lenta, profunda, acompasada con la de Xylos. La mano de ella se hundía con suavidad en el cabello del alfa, desordenándolo sin pensar, mientras su otra palma descansaba sobre el torso desnudo del alfa. Cada movimiento era lento, cuidadoso, como si temiera romper aquel instante frágil que tanto había necesitado.
Xylos permanecía inmóvil, excepto por la mano grande y cálida que reposaba sobre el vientre de Vecka. Sus dedos se movían apenas, describiendo círculos lentos, protectores. No necesitaba ver para saber que allí, bajo su palma, su cachorro se movía con lentitud siguiendo los movimientos que trazaba.
—Está despierto —murmuró él, con una leve sonrisa—. Siempre se mueve más cuando estás tranquila.
Vecka alzó el rostro, apoyando el mentón en su pecho.
—Tal vez siente que estamos lejos de todo… —susurró—. Aquí no hay ruidos. Solo tú y nosotros.
Xylos inclinó la cabeza y besó su frente con devoción. Ella cerró los ojos, dejándose envolver por