Mientras Vecka y Xylos se encontraban lejos de la manada, refugiados en la quietud de la montaña, el mundo no se había detenido. La calma que envolvía a la pareja era frágil, casi prestada, como si la naturaleza misma les hubiese concedido un respiro antes de que la tormenta regresara con más fuerza.
Kaiser Casper aprovechó aquella ausencia para ir a la ciudad.
La ciudad se desplegaba ante él como un organismo vivo: luces bajas, música filtrándose desde bares ocultos, humanos inconscientes