Mientras Vecka y Xylos se encontraban lejos de la manada, refugiados en la quietud de la montaña, el mundo no se había detenido. La calma que envolvía a la pareja era frágil, casi prestada, como si la naturaleza misma les hubiese concedido un respiro antes de que la tormenta regresara con más fuerza.
Kaiser Casper aprovechó aquella ausencia para ir a la ciudad.
La ciudad se desplegaba ante él como un organismo vivo: luces bajas, música filtrándose desde bares ocultos, humanos inconscientes caminando en calles oscura sin sabe que ellos no eran más que una presa fácil. Se movía entre ellos con naturalidad, con esa elegancia peligrosa que solo los inmortales dominaban. Su destino no era un lugar cualquiera, sino un bar discreto, frecuentado por aquellos que sabían mirar sin ver y escuchar sin delatar.
Allí lo esperaba un viejo amigo.
No era un vampiro purasangre. Tampoco un simple convertido reciente. Era algo intermedio, una criatura moldeada por el tiempo y la lealtad. Un vampi