Vecka permanecía sentada sobre el lomo de Magnus con los ojos cerrados, como si el simple acto de respirar aquel aire puro bastara para sostenerla viva. El lobo negro avanzaba con una marcha lenta y medida, cada paso cuidadosamente calculado para no sacudirla, Xylos no necesitaba verla para saber que ella estaba relajada; lo sentía en la forma en que su peso se adaptaba a su cuerpo, en el ritmo sereno de su respiración, en la ausencia de tensión en sus manos.
Para él, llevarla así no era solo un medio de transporte. Era un acto de protección. De entrega.
La montaña se abría ante ellos como un recuerdo, un lugar que había sido testigo de un quiebre y también de una reconstrucción silenciosa. Allí, cuando Vecka había necesitado huir del ruido del mundo, Xylos la había llevado por primera vez. No como rey alfa. Ni como su mate. Sino como un hombre que no sabía cómo sostener a alguien roto, pero que estaba dispuesto a intentarlo.
Ahora regresaban distintos.
Vecka acariciaba el pel