Vecka permanecía sentada sobre el lomo de Magnus con los ojos cerrados, como si el simple acto de respirar aquel aire puro bastara para sostenerla viva. El lobo negro avanzaba con una marcha lenta y medida, cada paso cuidadosamente calculado para no sacudirla, Xylos no necesitaba verla para saber que ella estaba relajada; lo sentía en la forma en que su peso se adaptaba a su cuerpo, en el ritmo sereno de su respiración, en la ausencia de tensión en sus manos.
Para él, llevarla así no era solo