—Hoy estás muy callada —murmuró él al fin—. Eso nunca es buena señal contigo.
Vecka dejó escapar una pequeña sonrisa, débil, casi nostálgica.
—Solo estaba pensando… —dijo—. En cómo han cambiado las cosas tan rápido.
Xylos apretó los dedos apenas, un gesto instintivo, protector.
—No tienes que pensar en nada —respondió con firmeza—. Para eso estoy yo. Para pensar, pelear y cargar con todo lo que haga falta.
—Eso es lo que me preocupa —susurró ella.
El alfa frunció el ceño, confuso.
—¿Qué?
Vecka giró un poco el rostro hacia donde sabía que él estaba, aunque sus ojos se perdieran en el techo.
—Que siempre estás cargando con todo —continuó—. Con la manada, con Kaiser, con conmigo… y lo que nuestro bebé es. —Tragó saliva—. Me temo que un día ese peso sea demasiado.
Xylos negó de inmediato.
—Nunca —dijo con una convicción casi feroz—. No mientras respire.
—No quiero un futuro donde tú mueras por protegernos. No quiero que nuestro hijo crezca con historias de sacrific