Kian despertó de golpe, con el pulso acelerado y la sensación incómoda de no estar donde debía. El techo sobre él no era el de la cabaña que compartía con Axel. Era alto, blanco, con molduras elegantes y una lámpara de cristal que reflejaba la luz de la mañana con una claridad demasiado limpia. Tardó apenas un segundo más en notar que no estaba solo.
Su cuerpo se tensó al sentir el frío de ese cuerpo a su lado. Giró la cabeza con cautela, como si temiera que cualquier movimiento brusco activara algo peligroso, y entonces la vio.
La mujer dormía de costado, apoyada sobre un brazo, el rostro sereno como si nada en el mundo pudiera perturbarla. Su piel era pálida, de una palidez antinatural, casi luminosa. El cabello negro caía en ondas suaves sobre la almohada blanca, enmarcando un rostro de rasgos delicados y labios de un rojo profundo, demasiado intenso para ser humano.
Hermosa.
Sobrenaturalmente hermosa.
El corazón de Kian dio un salto incómodo. Bajó la mirada con urgencia,