Kaiser permanecía de pie frente al gran ventanal del pasillo principal, la mirada perdida en el bosque que rodeaba el territorio de Xylos. Sus ojos rojos parecían dos brasas ardiendo, y a pesar de eso, sin sentimientos en ellos.
Detrás de él se encontraban las tres vampiresas que habían viajado con él: Nesta, Laia y D’Arvigne, esta última conocida como Abigail. Cada una representaba un estilo distinto; Nesta, elegante y silenciosa; Laia, inquieta y peligrosa; Abigail, fría como una daga bañada en plata.
Kaiser no necesitó girarse para hablarles.
—Regresen a sus aquelarres —ordenó con voz baja, pero firme—. Su presencia aquí ya no es necesaria.
Nesta fue la primera en asentir, aliviada, casi sonriendo al saber que podía marcharse del territorio de los lobos. Laia se movió con ligereza, feliz de abandonar la tensión que acompañaba cada encuentro entre el alfa y el rey vampiro, pero Abigail se quedó quieta, clavada en el suelo, sus ojos rojos brillando con una mezcla de preocupac