Un maravilloso olor a dulce de chocolate aún flotaba en la cocina cuando Vecka levantó una nueva porción de tarta hacia Polaris, que devoraba como si hubiera estado días sin probar azúcar. La luna joven lamió el rastro oscuro que manchaba su pulgar con una dedicación casi religiosa, mientras sus ojos plateados brillaban con el tipo de alegría infantil que sólo la comida podía despertar en ella.
—¡Lento, glotona! —rió Vecka, fingiendo indignación mientras empujaba otro pedazo hacia su plato—. V