—¿Qué clase de madre seré si ni siquiera sé a quién amo? —susurró Vecka, su voz temblando en medio de la tarde callada.
Una voz profunda respondió desde el marco de la puerta, suave, grave, y tan firme como una promesa:
—Serás la madre que tu hijo necesita —dijo Xylos, sin entrar—. No hay error en eso.
Ella se giró lentamente. Sus ojos estaban cansados, hinchados por el llanto, pero aún brillaban con una fuerza que él reconocía.
—No me escuches cuando grito —murmuró, con un hilo de voz—. No