La casa de los Blackwood estaba silenciosa, tan silenciosa que podía oír el eco lejano del viento entre los árboles. Kian no había dormido en la habitación esa noche, y ese vacío, ese hueco en la cama y en su alma, la había mantenido despierta, girando entre sábanas frías y lágrimas que no paraban de brotar de sus ojos.
Cuando finalmente se decidió a bajar, el aire olía a café recién hecho y madera húmeda. Bajó descalza, con el cabello revuelto, usando una camisa de Kian que le quedaba grande.