Desde hacía una semana, Kian y Vecka habían logrado acostumbrarse al ritmo de vida entre los lobos. Ya no se sobresaltaban con los aullidos lejanos ni con el olor terroso que impregnaba el aire al anochecer. Vivían en una de las habitaciones del ala este de la gran casa comunal del alfa, una construcción de madera tallada con finos detalles rúnicos que hablaban de generaciones pasadas.
Cada mañana, Kian salía a correr por los senderos del bosque, saludando a quienes entrenaban, a los que levan