La lucha se desató en el bosque de la zona sur como una tormenta liberada de golpe.
Los árboles temblaban con cada impacto. La tierra, húmeda por el rocío nocturno, se mezclaba con sangre fresca. El aire estaba saturado de gritos, aullidos y rugidos que no pertenecían del todo a este mundo. Era una sinfonía de guerra salvaje en donde de ambas partes morían.
Vampiros y lobos combatían codo a codo, algo que siglos atrás habría sido impensable.
Las bestias enviadas por el demonio surgían entre los troncos como sombras deformes. Sus cuerpos eran una aberración: extremidades alargadas en ángulos imposibles, piel oscura como carbón resquebrajado, ojos incandescentes que ardían con odio puro. No tenían alma, solo obediencia.
Kaiser era el epicentro del caos.
El rey vampiro estaba completamente manchado de sangre, ajena y propia. Su camisa estaba rasgada, la piel de sus brazos marcada por cortes profundos que se cerraban lentamente. Sus ojos carmín brillaban con una furia controlada, frí