En el bosque, la batalla alcanzaba su punto más oscuro.
El cansancio empezaba a notarse en cada movimiento. Los vampiros se movían más lento. Los lobos sangraban. Los cuerpos se acumulaban entre raíces y troncos destrozados, y entonces apareció.
No era como las otras bestias.
Su cuerpo era más grande, más retorcido. Una cola larga terminaba en púas óseas que brillaban con un veneno oscuro. Sus dientes eran afilados como cuchillas, y su piel parecía una armadura viva.
Kaiser la vio apenas girarse.
—¡Cuidado! —gritó, pero fue Kian quien reaccionó primero. El neófito se lanzó sin pensar, empujando a la criatura contra un árbol con una fuerza que no sabía que poseía. El impacto sacudió el bosque. La bestia rugió, enfurecida. —¡Kian, retrocede! —ordenó Kaiser.
Demasiado tarde. La cola se movió con una velocidad imposible. Atravesó el pecho de Kian de lado a lado.
El sonido fue seco, definitivo.
Los ojos de Kian se abrieron de par en par. La sangre negra brotó de su boca mie