La oscuridad que había inundado la habitación no era simplemente la ausencia de luz, era una entidad física, pesada y sofocante, que se derramaba sobre la cama como brea hirviendo.
Seraphina se retorció entre las sábanas revueltas, con las manos aferradas a su vientre, incapaz de articular palabra alguna más allá de gemidos ahogados. El dolor no era una contracción normal, era como si ganchos de hielo estuvieran tratando de rasgarla desde adentro hacia afuera, buscando una salida desesperada a