El golpe fue seco y violento. Iris cayó de rodillas. Sus manos rasparon un suelo. Jadeó, intentando recuperar el aliento que la fuerza invisible le había robado al arrastrarla por el pasillo.
Levantó la cabeza. La oscuridad era abrumadora y profunda.
Ya no estaba en el rústico corredor de piedra del templo. Se encontraba en el centro de una inmensa sala circular.
El suelo bajo sus palmas no era roca común, era obsidiana negra pulida como un espejo opaco. No había puertas, ni ventanas, ni salid