El pesado pestillo de bronce encajó con un golpe seco. Evander cerró la alta puerta de madera a sus espaldas, sellando por fin el resto de la inmensa mansión.
El inmenso dormitorio de la princesa lo recibió en total silencio.
El lugar era apabullantemente delicado y sumamente femenino, pintado en suaves tonos lilas. En el centro exacto, reinaba una enorme cama de sábanas blancas, enmarcada por cuatro postes de madera tallada que sostenían finos doseles, digna de un clásico cuento antiguo.
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