El silencio que siguió a la confesión de Seraphina fue absoluto, solo roto por el sonido de sus respiraciones entremezcladas. La habitación aún olía a sexo y a la tormenta que acababan de desatar entre las sábanas, pero la temperatura había bajado drásticamente con sus palabras.
Las minas viejas.
Ronan no la soltó. Al contrario, su agarre sobre sus hombros desnudos se tensó. Estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada en la cabecera de madera tallada, su cuerpo magnífico brillando con una