El silencio que siguió a la confesión de Seraphina fue absoluto, solo roto por el sonido de sus respiraciones entremezcladas. La habitación aún olía a sexo y a la tormenta que acababan de desatar entre las sábanas, pero la temperatura había bajado drásticamente con sus palabras.
Las minas viejas.
Ronan no la soltó. Al contrario, su agarre sobre sus hombros desnudos se tensó. Estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada en la cabecera de madera tallada, su cuerpo magnífico brillando con una capa de sudor que se enfriaba lentamente. Sus ojos, todavía con esquirlas de oro luchando contra el gris, la escudriñaron con una intensidad que no dejaba lugar a la duda.
En el pasado, el Alpha racional habría buscado una explicación lógica. Habría hablado de estrés, de trauma, de sueños. Pero el hombre que la sostenía ahora había sentido el cambio en el aire, había sentido la electricidad estática de la visión a través de su propia piel cuando ella se tensó.
—Dímelo todo —ordenó, su voz grave