La noticia de que habían encontrado a Hunter debería haber sido un bálsamo. En cambio, fue el fósforo que encendió la mecha.
—¿Vivo? —preguntó Seraphina, su voz estrangulada—. ¿Está vivo?
—Encontramos ropa... y sangre —admitió el guardia, bajando la cabeza—. Pero el rastro es fresco.
El mundo de Seraphina se inclinó. Sangre. Su hermano, solo, herido, en manos de Gabriel. El pánico no fue una ola fría esta vez; fue un incendio forestal. Su corazón empezó a latir tan rápido que le dolía el pecho,