La aguja brilló bajo la luz estéril de la enfermería, un colmillo de metal lleno de plata líquida.
Seraphina intentó gritar, pero la mano de Isabelle alrededor de su garganta era un torniquete que cortaba el aire y el sonido. Sus pies pataleaban inútilmente en el aire, sus uñas arañando el brazo cubierto de cuero de la loba, buscando carne, buscando hacer daño. Pero Isabelle era piedra y hielo, inamovible.
—No te muevas —susurró Isabelle, con la intimidad de una amante despechada—. Esto dole